Martín Prieto, un opinador de alta resolución

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Por José Luis del Campo /

José Luis Martín Prieto inició su carrera profesional en el antiguo periódico de los sindicatos verticales, el diario ‘Pueblo‘, para luego pasar al ‘Arriba‘, ambos matutinos, y recalar más tarde en el ‘Informaciones’, diario de la tarde. En aquellos primeros setenta, los kioskos de la Puerta del Sol se animaban a partir de las siete u ocho de la tarde para recibir a los grandes periódicos vespertinos de Madrid, el ‘Madrid‘ y el ‘Informaciones‘.

En éste último diario conoció Martín Prieto a Juan Luis Cebrián, con quien trabó amistad y a quien acompañaría en la fundación del diario ‘El País‘.

Recuerda Juan Cruz, el hoy reconocido periodista, escritor y crítico literario que, en los inicios del proyecto, fue Martín Prieto el primero que le confirmó, en Tenerife, que en el periódico contaban con él1. Según Cruz, Martín Prieto era ya en aquellos años, en los que el columnista se acababa de asomar a la treintena, una persona reservada. Finalmente Martín Prieto se incorporó a ‘El País‘ en febrero de 1976 como adjunto al director en los meses previos a la aparición del diario. Fue jefe de Opinión y subdirector.

En un libro cuajado de instantáneas y anécdotas personales, todas cariñosas, sobre decenas y decenas de periodistas de ‘El País’ de todas las categorías, a Martín Prieto, que según Arcadi Espada “él sólo fue ‘El País‘”2, Juan Cruz apenas le menciona. Resulta difícil saber el motivo, aunque menos difícil quizás suponerlo.

Martín Prieto dejó Madrid en 1982 para marchar a Buenos Aires como delegado de ‘El País‘ para América Latina. En 1983 fue expulsado de Chile y declarado persona non grata por el régimen del general Pinochet. A su regreso a España en 1988 se reintegró brevemente a ‘El País‘ para ocupar poco después la subdirección de la revista ‘Tiempo‘. Durante 1990 fue asesor de presidencia y columnista del diario ‘Ya‘. En enero de 1991 se incorporó a “Diario 16”.

Su abrupta marcha del periódico que ayudó a fundar sigue siendo oscura3 en los detalles, pero muy clara por lo que respecta al resultado personal: su radical ruptura con Juan Luis Cebrián y Jesús de Polanco fue total y sin fisuras. Desde entonces, Martín Prieto no ha ocultado su animadversión hacia el antiguo director de ‘El País‘ y el ex-presidente de PRISA (Promotora de Informaciones Sociedad Anónima), fallecido en julio de 2007, basada en profundos desacuerdos personales y profesionales. En un artículo publicado en ‘El Mundo‘ en diciembre de 2004 comenta con acritud no exenta de ingenio e informaciones llamativas la aparición de ‘Una historia de El País y del Grupo Prisa‘, en el que sus autoras presentan a Cebrián y Polanco como “titanes de la libertad de expresión”. Al final del artículo se permite una alusión personal. No tiene desperdicio: “Las autoras se preguntan sobre mi misteriosa marcha de ‘El País‘. Que le pregunten a Juan Luis Cebrián, que mandó encriptar electrónicamente mis artículos en el periódico, ocultos así a cualquier consulta; remedo estalinista de cuando Trotsky era borrado hasta de las fotografías. O que me hubieran preguntado a mí, que ni estoy muerto ni vivo en Marte.”

¿Pero qué es lo que piensa Martín Prieto de ‘El País‘, aquel primer periódico ‘limpio para la democracia’4 que él ayudó a fundar, cuando esa etapa tan fundamental de su vida profesional pertenece ya a la historia? En una encuesta realizada a una veintena de periodistas, entre ellos su otrora amigo y hoy quien sabe, Juan Luis Cebrián, Martín Prieto decía que aquel “diario independiente de la mañana”, en la actualidad “periódico global en español”, por sí sólo, nunca influyó tanto como para ejercer un papel determinante en el desarrollo de la transición política.

Sometido a una batería de preguntas dirigidas todas a obtener respaldo a la idea, un poco mitómana, de ‘El País‘ como encarnación del “cuarto poder” en la España democrática, Martín Prieto niega la mayor una y otra vez. Admite que, como mucho, aquel diario que él ayudó a fundar, representó un papel destacado como aglutinante ideológico de la facción más avanzada de la burguesía.

Pero en absoluto como una especie de “órgano del comité central” de la transición y los vaivenes en la política nacional e internacional española desde 1978, que determinó la desintegración de la Unión de Centro Democrático (UCD) de Adolfo Suárez, el hundimiento del partido comunista de Santiago Carrillo, la consiguiente victoria aplastante del PSOE en 1982 y su larga etapa en el poder -entrada de España en la OTAN incluida-. Martín Prieto responde así a una de las preguntas: “Ni veinte mil editoriales antisocialistas hubieran impedido la victoria del PSOE en el 82”5.

En una de sus respuestas a la encuesta de Espantaleón Peralta, Martín Prieto sostiene que la influencia de los medios escritos en los procesos políticos “es muy relativa. Las oligarquías partidistas también tienen su poder y no se anula una ley por un editorial, ni por una huelga general”6. La contestación resulta muy interesante, porque sugiere que la visión general del columnista sobre la influencia de la prensa diaria en la vida política de un país como España es menor que la que tienen los principales protagonistas de la misma, que por tanto no son los directores de los periódicos, sino lo que él, con toda la intención, califica de “oligarquías partidistas”.

Lo que se podría entender como que Martín Prieto es hoy de los que creen que el régimen político español se corresponde con una oligarquía de partidos7. ¿Vivimos, según Martín Prieto, en un sistema oligárquico, distinto por definición a un sistema democrático o, rebajando algunos grados la radicalidad de la deducción, vivimos en un sistema pre-democrático, en el cual grupos oligárquicos dominan la vida de los partidos? Otra de sus respuestas en la misma obra ayuda a identificar quienes forman, según él, el verdadero elenco de protagonistas de primera fila de la política en España, al menos en la etapa que se corresponde con el paso de la dictadura franquista a la democracia: “Los partidos, los sindicatos, los empresarios, la banca, las Fuerzas Armadas, la propia Monarquía, y hasta el miedo, definieron el ritmo y la forma de la transición”.

En una de sus columnas en ‘El Mundo’, titulada “¿Más transición?”8, Martín Prieto se apunta a la necesidad de esa segunda transición, basándose en la necesidad de una “auténtica separación de poderes del Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial”. Lo que parece avalar la sospecha de que el columnista considera en efecto que la actual democracia está secuestrada por esas “oligarquías partidistas” que todo lo controlan.

Pero la respuesta tiene aún más jugo, si se vuelve a analizar desde la historia de la relación entre periodismo y política en España. Podría decirse que Martín Prieto se empeña en minimizar el papel de la prensa en la vida política pese, por ejemplo, a la evidencia del tremendo desgaste sufrido por el partido y el gobierno socialistas durante la campaña de sensacionales reportajes sobre la corrupción y los casos de los GAL, Roldán, Mariano Rubio, el BOE, Juan Guerra y tantos otros -entre 1991 y 1996-, publicados por el diario ‘El Mundo’, bajo la dirección de Pedro J. Ramírez. Campaña que acabó pasando factura electoral al PSOE.

Parece como si la ruptura del tándem Felipe González-Alfonso Guerra y la dimisión y desaparición política de éste, el procesamiento y encarcelamiento de varios responsables socialistas, entre ellos un ministro, la caza y captura del ex-director corrupto de la Guardia Civil, la cadena de dimisiones vergonzantes de altos cargos de la Administración socialista de los años noventa, provocadas por informaciones de ‘El Mundo’, fueron sólo excepciones que confirman la regla general de Martín Prieto de que en realidad la prensa no influye más que cualquiera otro de los agentes principales de la vida pública nacional.

En dos palabras: Martín Prieto no cree en Watergates. Pero, ¿es realmente asi?. En realidad una relectura de sus respuestas a Espantaleón sólo nos dice que Martín Prieto no exagera el papel de la prensa. Aunque cabe preguntarse si en esa serie brutal de revelaciones no hubo cierta conjunción de intereses entre Pedro J. Ramírez y al menos una de las “oligarquías partidistas” de las que habla Martín Prieto. Es decir, ¿es que la máquina investigativa de ‘El Mundo‘ no estaba engrasada por un interés político más que evidente en derribar el llamado ‘régimen felipista‘, en conjunción con una maquinaria más compleja al servicio de una estrategia de descalificación sistemática del PSOE que finalmente llevó al Partido Popular al gobierno en 1996?.

Martín Prieto se incorporó como columnista al diario ‘El Mundo‘ en 1993, en plena tormenta. Su columna, escrita “Bajo el volcán”, se publicó durante más de quince años.

En agosto de 1995, el Club La Quinta de Marbella, acogió la puesta de largo de la Asociación Española de Periodistas Independientes (AEPI). Sus principales promotores fueron Pedro J. Ramírez, Antonio García Trevijano, el motor ideológico, y Pablo Sebastián, ex-director del periódico “El Independiente”, que tuvo la desgracia de competir con ‘El Mundo‘ en ganarse las antipatías del establishment socialista en el poder y, con menos defensas, acabó viéndose forzado al cierre.

José Luis Martín Prieto formaba parte del consejo fundador junto a conocidas firmas del periodismo antisocialista de los años 90. Juan Luis Cebrián llamaba a la AEPI “el sindicato del crimen”.

Entre tanto, Martín Prieto fue también columnista de la revista “La Clave”, de Jose Luis Balbín, de los informativos de ‘Telecinco‘ y del programa “Protagonistas”, de Luis del Olmo, en “Onda Cero”. En la actualidad publica su columna “El purgatorio de los días” en el periódico “La Razón”, fundado por Luis María Ansón.

Estudió ingeniería técnica industrial en la Universidad Laboral de Sevilla en régimen de internado y durante sus inicios en los diarios “Pueblo” y “Arriba”, Martín Prieto estaba considerado como un destacado militante del PCE. Lo fuera o no formalmente, nunca negó su identificación con la oposición antifranquista, siempre desde su condición de informador.

Este breve perfil de Martín Prieto se podría resumir en ‘toda una vida dedicada al periodismo’, desde los inicios de la transición hasta nuestros días, que aún sigue dando guerra. Con un estilo a veces ácido y a veces agrio, pero siempre presidido por una gran inteligencia, ingenio y combatividad.

Sin embargo, a despecho de sus quince años de columnista de ‘El Mundo‘ y de sus otros muchos y variados destinos, para la historia del periodismo quedarán siempre como hitos periodísticos y también literarios difícilmente superables sus crónicas del juicio a los golpistas del 23-F que publicó en ‘El País9. Arcadi Espada, otro grande del periodismo, dice: “Martín Prieto convirtió aquel juicio en una de las mejores piezas del periodismo español del siglo. Cada día lo leíamos con la esperanza de que nos dijera, de que se atreviera a decirnos, quién había sido “el elefante blanco” y le pegara un puntapié a la verdad judicial. Y fue y lo dijo, y aún me golpea el corazón recordándolo.”10

Martín Prieto ha ganado varios premios de periodismo, entre los cuales el Premio Nacional de Periodismo en 1983, precisamente a raíz de sus crónicas del 23-F, el del Club Internacional de Prensa, el premio “Continente”, el “Popular” de “Pueblo”, el Premio Antonio Machado, el de la Fundación Pablo Iglesias y también el de la Cadena de Ondas Populares. Es autor de los libros “Cartas a mujeres11, con prólogo de Mario Vargas Llosa y “Técnica de un golpe de Estado12, prologado por Juan Luis Cebrián.

Martín Prieto se ha mantenido fiel a las convicciones antifranquistas de su juventud. El tiempo y la profundidad de sus raíces ideológicas democráticas han propiciado un desarrollo natural de una conciencia democrática bastante radical, a la vez que un distanciamiento de sus orígenes de izquierdas, desde el antidogmatismo.

Y si en lo ideológico Martín Prieto parece haberse mantenido fiel a sus códigos de juventud, en lo que se refiere a sus fidelidades políticas ha habido una evolución evidente. Común, por otra parte, a muchos de sus compañeros fundadores de la AEPI, como Raúl del Pozo o José Luis Gutierrez. Desde su etapa ‘eurocomunista’ y más tarde en la órbita periodística de Felipe González, hasta la actualidad, en la ya no puede ser calificado de periodista prosocialista, sino más bien todo lo contrario.

Pero tampoco se puede decir que ese viraje se deba a otros motivos diferentes a una evolución personal natural, por la edad y las experiencias personales vividas, que a veces dan pistas más valiosas que cualquier tratado político sobre lo que hay realmente detrás de los programas y los líderes políticos.

De modo que si la independencia es un valor en un periodista, a Martín Prieto parece no costarle demasiado mantenerla, pese a los enormes bandazos, ya sean suyos o de la historia.

En todo caso, como se destaca en el título de este trabajo, Martín Prieto es un columnista honesto consigo mismo, de prosa efectiva y elegante y cuya cualidad más notoria es que toma posición sobre casi todos los asuntos como el que pone una pica en Flandes o en donde haga falta, sin pensar demasiado en resultar agradable ni políticamente correcto.

En cualquier caso está claro que el peso de sus pasados enfrentamientos profesionales con Cebrián y Polanco le impiden coincidir en el mismo territorio político con sus antiguos amigos. Lo que, junto a la bipolaridad de la política española y la realidad de un mercado periodístico alienado, forman un paquete de circunstancias difíciles de esquivar. Además, opinar no consiste en disparar como un sniper enloquecido y, como cualquier gran cronista, Martín Prieto administra sus ideas quizás con más prudencia y realismo del que a él mismo le gustaría. Pero, cuando opina, siempre lo hace con gran determinación.

Como columnista, su carácter combativo, el filo y la agudeza de sus opiniones, su compromiso con la independencia profesional y la eficacia de su prosa, le convierten en un columnista capaz de presentar sus ideas como si el papel prensa fuera en realidad una pantalla de alta resolución.

El primer valor de las columnas de Martín Prieto es su alto nivel de eficacia narrativa. La eficacia expositiva de Martín Prieto se apoya sobre todo en su habilidad para decir lo que quiere decir utilizando un amplio repertorio de recursos literarios entre los que nunca falta una frase contundente para introducir el tema y otra siempre ingeniosa para rematar.

En uno de sus recientes artículos se puede leer como arranque de una de sus columnas dedicadas al 15M: “En su nueva salida de Don Quijote han dejado la Puerta del Sol como una paella a la anaranjada luz nocturna”. Casi no haría falta mucho más para retratar al movimiento o al menos para situar al lector en el contexto que al columnista interesa. Y cuando toda España sigue intrigada por la oferta de los ‘indignados’ de la Puerta del Sol, sentencia: “nada entre dos platos”. A veces no hace falta mucho más que leer la primera y la última frase de sus artículos para hacerse una idea bastante exacta de la opinión de Martín Prieto sobre los asuntos que analiza.

Los explosivos explosionan a sus vecinos por simpatía. Tal como Argentina y Bolivia.” como arranque y “Salimos mal: el último virrey del Río de la Plata fue un marino francés mercenario, Santiago de Liniers y Bremond. Lo fusilaron.”, para hablar de la deriva y los contagios populistas en la América Latina tan bien conoce.

Otro reciente artículo sobre los sindicatos comienza con un recuerdo a las víctimas obreras de Chicago: “El 1º de Mayo de 1889, una matanza policial en Chicago parió esta celebración universal que fue secuestrada por el sovietismo.” Una fecha que habla de la antigüedad de las luchas obreras y de que él tampoco es nuevo en estos temas, no porque él los viviera, que tampoco es tan mayor Pero sí porque sabe de lo que habla, a diferencia de tantos de los actuales izquierdistas de nuevo cuño. ‘Matanza’ es un vocablo que no deja lugar a dudas sobre su posición de principios contra la brutalidad policial y sobre lo que realmente significa ‘brutalidad policial’. Y ‘celebración universal secuestrada por el sovietismo’, una denuncia final que en cuatro palabras advierte al lector que no busque en su columna fidelidades dogmáticas sino ideas propias.

Otras veces inicia sus artículos con relatos breves de hechos que no dejan de sorprender, haciendo alarde de una bolsa de conocimientos propios, de los que no se leen en los periódicos ni en los libros, sino en el propio pasado: “El joven Jacobo Cano procedía de la Asociación Nacional de Propagandistas y fue el primer secretario ‘in pectore’ del Príncipe de España”, o bien “La Universidad es una fábrica de líderes y de entre tantos respetables quiero tener un recuerdo para Enrique Curiel. Era brillante, atractivo y comunista”.

Maneja hábilmente la metáfora y casi siempre con brevedad y filo: “No era la sociedad civil, era el caldo gordo del más rancio franquismo”, en la que el tenor y el vehículo ligan en su compartida y repulsiva condición con la aséptica y respetuosa, democrática y moderna presencia de la ‘sociedad civil’. O en “Rubalcaba, Valenciano, los pocos barones que han sobrevivido al hundimiento del ‘Titanic’ rajado por el abrelatas de un iceberg financiero”.

Las referencias a asuntos que a primera vista asustan -la crisis de imagen de la monarquía a raíz del caso Urdangarín y el real elefante de Botswana- las resuelve de un humorístico plumazo: “Los problemas de la Familia Real carecen de importancia. ¿Quién no tiene un cuñado golfo?”; “ El escenario era extravagante con una gigantesca imagen de Néstor Kirchner revirando el ojo más como Nosferatu que como pingüino”.

El tono nunca es pedante ni artificial. Lo que significa que el veterano columnista se acerca al lector ofreciendo conocimento, muchas veces también evidenciando un bagage cultural, con referencias históricas que se aplican a la actualidad con naturalidad, como en el artículo “El marqués de Esquilache” o en su “Adiós a ‘Sarko‘”, pero nunca intentando abrumar con erudiciones impostadas ni con frases de semántica obtusa. Es como si todos los recursos a personajes o situaciones históricas le salieran de memoria, como seguramente es.

Y por último los títulos, rápidos más que cortos, porque siempre se puede titular con brevedad extrema, pero a la vez hay que conseguir que el título llame la atención del lector y adelante con claridad de qué vamos a hablar. Así, “Los indignados, pero más bien poco”, “Adiós a Sarko”, “El esqueleto sindical”…

Sin embargo, nada más lejos del español barroco que el estilo de Martín Prieto, cuya máxima preocupación respecto al lenguaje es la corrección y como se decía al principio, la eficacia del discurso y la coherencia en el sentido de cada una de las columnas.

REFERENCIAS

1 Cruz, J., Una memoria de ‘El País’. 20 años de vida en una redacción, Plaza & Janés, Barcelona, 1996.

2 ‘Correspondencias de Arcadi Espada”, en Tumblr.com (http://correspondencias.tumblr.com/post/12830988729/a-arcadi-espada-jose-luis-martin-prieto), 15-11-2011.

3 Cruz Seoane, Mª C., Sueiro, S., “Una historia de El País y del Grupo Prisa”, Plaza y Janés, Barcelona, 2004, p. 302.

4 Cruz, J., op. Cit., p. 145.

5 Espantaleón Peralta, A., ‘El País’ y la transición política, Universidad de Granada, 2002. N. del A.: Me he permitido interpretar que la frase “la marca del PSOE en el 82”, según la transcripción (p. 56), en realidad debió ser “la victoria del PSOE en el 82”. Si no, no se entiende la respuesta, por lo que “la marca” debe corresponderse con una errata.

6 Espantaleón Peralta, A., op. cit., p. 55.

7 Definición de García Trevijano, A., en ‘Del hecho nacional a la conciencia de España o el discurso de la República’, Ediciones Temas de Hoy, Madrid, 1994.

8 Citada en Castellanos López, J.A., ‘De consensos, rupturas y nuevas historias: Una visión de la transición desde la historia actual’, en “El franquismo y la transición en España. Desmitificación y reconstrucción de la memoria de una época“, González Madrid, D.A (coord.), Catarata, Madrid, 2008.

9 El País, 20/2-27/5 de 1982.

10 Espada, A., ‘Diez libros’, en Diarios de Arcadi Espada, arcadiespada.es, 14/04/2008.

11 Espasa-Calpe, 1995.

12 Grijalbo, 1982.

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